La historia del emoliente, una bebida con esquina

De mañana o bien noche, los emolienteros han contribuido con su sabor a refrescar y sanar algunos malestares.

(Foto: Giancarlo Shibayama/Archivo El Comercio)
MARTÍN ACOSTA GONZÁLEZ
¿Quién no se ha tomado un emoliente en una esquina cercana a su casa?
Calientito como para esta época del año, el emoliente nació como una bebida medicinal con propiedades diuréticas. Sus bondades actúan también sobre el sistema digestivo, respiratorio e, incluso, reproductor. Sin embargo, hoy muchas personas lo toman para protegerse del frío o, simplemente, para refrescar la garganta.
El emoliente es legado de las tisaneras: las vendedoras ambulantes de aguas medicinales de la Lima virreinal. Muchos años han pasado desde eso y esta preparación a base de agua de cebada, linaza, boldo, alfalfa, cola de caballo y limones recién exprimidos se ha mantenido vigente en el tiempo.
La Real Academia de la Lengua la define como un medicamento “que sirve para ablandar una dureza o un tumor”. Según la investigadora Aida Tam Fox, bajo esta descripción, “una pomada, una bebida o cualquier otro medicamento que tenga facultades ablandativas sería también un emoliente”.
Por esa razón, todas las definiciones mencionan también a la tisana, que según la RAE es una “bebida medicinal que resulta del cocimiento ligero de una o varias hierbas y otros ingredientes en agua”. Esta queda impregnada de sustancias solubles que aportan efectos beneficiosos para la salud.
Tam Fox añade que la forma correcta de referirse al emoliente debería ser emoliente de cebada. Aunque el habla popular se encargó de marcar las diferencias.
LARGA HISTORIA
Desde tiempos muy antiguos se acostumbraba tomar agua de cebada. En Grecia tenían una bebida ceremonial preparada con agua, cebada y un tipo de menta, a la cual llamaban “kykeon”.
En España también se hizo popular. Alberto Sánchez Alvarez-Insúa, en su artículo “El agua de cebada. Noticia del inicio de su consumo en Madrid a través de un curioso impreso del siglo XVIII” comenta que esta era una bebida económica y refrescante, muy popular en Madrid. “En algunos casos, esta bebida se solía aromatizar con canela y zumo de limón”.
Con el Virreinato, el emoliente llegó al Perú y su fama medicinal se esparció rápidamente. Hermilio Valdizán cuenta que la preparación “fue muy empleada en la época Colonial, tanto que llegó a construir base de una verdadera industria en Lima, donde había pequeños establecimientos dedicados exclusivamente al expendio de emoliente y por cuyas calles deambulaban unos súbditos chinos que vendían la bebida. Esto ya en plena época republicana”.
Con el pasar de los años, las calles se empezaron a llenar de emolienteros. Así, encontrar una carretilla en las esquinas era cosa común.
Precisamente, en una nota publicada en El Comercio en el 2001 se cuenta la historia de Pedro Castillo Yupanqui, un huaracino que inició la elaboración y venta de emoliente en Jauja en 1930. “Ya en 1927 había laborado para la colonia japonesa residente en Lima y, con la colaboración de esta, llegó a constituir la primera sociedad de emolienteros en la capital”.
Sus integrantes salían en las noches y en las mañanas a vender la bebida por diferentes lugares de la ciudad, siendo, entre otros, los empleados y obreros sus más asiduos clientes.
Hoy el emoliente no solo se vende caliente; también lo hay helado y embotellado e incluso existen establecimientos (tipo cafés) donde se le da más estilo. Sin embargo, el original se vende en carretillas de esquina, con el limón exprimido hasta la última gota y pidiendo su yapa más.