Machu-Picchu es un imán para los viajeros

25.12.2010 Paloma San José  Expansión
Las orquídeas del Potocusí (la “montaña feliz” en quechua, el antiguo idioma inca) florecen frente a las decenas de autocares que recorren cada día las 14 curvas en zigzag de ascenso a la cumbre de Machu– Picchu.
Una vez culminado el trayecto, contemplar cómo se levanta la niebla al amanecer sobre las piedras de granito de la ciudadela inca en las alturas provoca sensaciones de misticismo y euforia. Esto es lo que buscan los 900.000 viajeros de todo el mundo que acuden a visitar cada año este emblema arqueológico.
Machu–Picchu significa “montaña vieja” en quechua. Una montaña que, desde hace seis siglos, es pasto del mito. Todo empezó porque fue el lugar elegido por la boyante civilización inca para erigir una ciudad inexpugnable, en la que se llevaron a cabo experimentos arquitectónicos casi imposibles de emular.
En plena sierra andina del sur, en el valle del río Urubamba, el emperador más famoso de los incas, Pachacútec, erigió su lugar de residencia y de adoración a sus dioses, las montañas y el sol. Corría el siglo XV. En primer lugar, edificaron parte de los bancales de las laderas con un sistema de terrazas para la agricultura.
El director del parque arqueológico Machu–Picchu, Fernando Astete, define la vieja ciudad como “un desafío a la naturaleza”, ya que cuenta con lugares edificados en “caída libre” en pendientes de 400 metros de altitud. Un lugar donde se mueven con total fluidez las llamas que crían en el parque arqueológico.
Uno de los aspectos más llamativos es que las piedras de granito no están unidas con ningún tipo de argamasa. El sistema consistía en pulir las piedras a la perfección hasta que encajaban en ángulos cóncavos y convexos, con una ligera inclinación interior, para prevenir los terremotos. La filosofía de vida inca también se basaba en construir para la eternidad.
Los conquistadores españoles, encabezados por Francisco Pizarro, estuvieron obsesionados con la ciudadela, pero jamás dieron con ella. Sin embargo, se acercaron y, temerosos de que el enemigo descubriera el más valioso de sus secretos, los incas la abandonaron y se fueron a la selva durante el siglo XVI.
La belleza de los templos contrasta con la crueldad que aquí se vivió. Junto a las hermosas piedras figurativas de las alas de un cóndor, se yergue una fila de hornacinas en las que los incas tapiaban a sus enemigos hasta el cuello. En su interior, debían permanecer de pie y cubiertos de piedras hasta la cabeza.
Otros templos son más líricos, como el Intihuatana, la cumbre de una colina donde se alza una piedra por cuyos agujeros se cuelan los primeros rayos del sol del solsticio de verano (que en el hemisferio sur comienza a finales de diciembre). Una medida que servía de calendario para los ciclos agrícolas.
Crecimiento
Fernando Astete indica que la cifra de visitantes crece entre un 8% y un 9% anual. Este año, estos incrementos se verán interrumpidos a causa de las inundaciones del pasado enero, que aislaron a mil personas y obligaron a reconstruir la vía férrea, único sistema de acceso al Machu–Picchu, junto al camino inca. La gestión se autofinancia con los fondos procedentes de las entradas, que cuestan 126 soles (36 euros).
La estrategia de futuro consistirá en evitar que los visitantes se concentren en la ciudadela. Según Astete, es algo que ya se ha empezado a hacer con los senderos incas. Por el camino inca, un trayecto a pie de cuatro días acampando en el corazón de los Andes, cuyo destino final es Machu– Picchu, transitan 500 personas al día. Además, 400 personas optan por realizar cada día la ascensión al Wayna Picchu (la montaña joven), que brinda unas vistas únicas después de subir 1.200 escalones.
Descubrir una leyenda
Durante centenares de años, los campesinos de la zona cultivaron en sus cercanías, incluso en la ladera del cerro. Hoy se mantiene viva la tradición de que cuando alguien va a beber un vaso de vino o cerveza haga una reverencia al dios de las montañas.
Cuentan los arqueólogos que el historiador estadounidense Hiram Bingham no fue el primero en descubrir Machu Picchu. Un explorador alemán había encontrado las ruinas, pero la noticia no había tenido eco muncial.
Durante una visita al Perú, en julio de 1911, Hiram Bingham oyó que varias familias de campesinos cultivaban en la montaña. Bingham puso manos a la obra e inició unas excavaciones que culminaron con el sueño de cualquier arqueólogo: descubrir una leyenda. Su mérito, aparte del instinto de descubrirlo, fue emprender una ambiciosa campaña de márketing turístico, que tuvo su broche cuando la revista National Geographic ilustró una portada de 1912 con las ruinas.
Perú prestó, por 18 meses, una colección de piezas arqueológicas a la Universidad de Yale. El centro académico nunca las devolvió. Durante décadas, Perú reclamó las piezas a EEUU sin resultado. Este año, el Gobierno de Alán García encabezó una gran campaña de opinión pública para lograr la devolución, en la que también participó el presidente de Bolivia, Evo Morales.
Tras pedir la mediación del presidente Barack Obama, Yale cedió y dijo que devolverá las piezas. El Gobierno de Perú asegura que construirá un museo para albergar la colección, que, en principio, pasará varios años en Lima.