Un trabajo fuera del horario escolar


Rosalinda, 9 años 
Texto: Raúl Mendoza.
Fotografía: Paola Paredes.
 
Samuel Taracaya tiene 15 años y cada tarde sale de su casa, con su guitarra al hombro, para ganarse unos soles cantando huaynos y cumbias sureñas en los buses que recorren la ciudad del Cusco. Hace unos días lo acompañamos en uno de esos recorridos y podemos asegurar que tiene talento y buena voz. "Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste. Mi casita está triste porque tú no estás. Te extraño, mi amor. Vuelveee...", canta él. Su voz siempre llama la atención del público, ya sea que se encuentre en un bus o en la calle. Y le 'colaboran'.
Samuel estudia el primer año de secundaria en el colegio Viva el Perú de la periferia cusqueña. No es de los primeros de la clase pero sí es un alumno cumplidor de sus tareas. Sus dos hermanos mayores, Primo y Alipio, no acabaron la secundaria porque debían trabajar, pero él ha tenido más suerte: su colegio es parte de un proyecto auspiciado por Fundación Telefónica que les da útiles escolares a los estudiantes, los apoya para que sigan asistiendo a clases y genera condiciones para que paulatinamente dejen de trabajar. "Yo sí voy a acabar el colegio", asegura.
Su caso es similar al de Yovana Quispe Anco, de 18 años, que este año entra a quinto de secundaria. Ella empezó a estudiar un poco tarde, pero con el apoyo del mismo programa está completando su formación escolar. No es fácil: de lunes a viernes se levanta a las 6 de la mañana para llegar a tiempo a su clase. Vive en las afueras del Cusco y debe atravesar casi toda la ciudad para llegar a su colegio. Desde que tenía 12 años trabaja vendiendo humus (tierra que sirve como abono) que ella misma prepara con varios tipos de tierra de cultivo y bosta de oveja.
Antes lo vendía todos los días durante las tardes, pero a medida que ha avanzado en el colegio ya solo prepara el humus dos días a la semana en su casa y sale a vender los sábados en una feria. Los talleres de formación que le dan en su colegio la han concientizado de tener aspiraciones profesionales. "Sigo trabajando para ayudar en mi casa, pero también porque quiero ahorrar para estudiar contabilidad. Sé que estudiar es lo más importante", dice. Si no trabajara no tendría posibilidades de pensar en el futuro.
Los casos de Samuel y Yovana son solo una muestra de una realidad difícil: a nivel nacional 2 millones de menores trabajan y, de ellos, el 80% vive en áreas rurales. En el Cusco, según cifras del INEI, el 40% de niños, niñas y adolescentes trabaja. "En el segmento de adolescentes, de 14 y 15 años, la deserción escolar se debe a razones asociadas al trabajo. El trabajo doméstico está invisibilizado, pero es muy frecuente", explica Giselle Silva, consultora en temas de educación e infancia. También señala que en los últimos años el problema está disminuyendo pero de manera lenta.
EL PROBLEMA RURAL 
Esta semana también llegamos a la comunidad de Andamayo, distrito de Ocongate, en la provincia cusqueña de Quispicanchis, y pudimos comprobar el problema. En la escuela primaria del lugar estudian 87 niños de primero a sexto grado y todos ellos tienen que trabajar en sus casas y sus chacras. Por ejemplo, Melitón, de 9 años, Adela, de 11, y Cristina, de 18, tienen que ayudar a su papá Eleuterio en el cuidado de un vivero que tienen en su casa y de la chacra de su propiedad. Allí siembran cebollas, pepinos, zanahorias, lechugas y otros productos. Como no tienen mamá, los menores también tienen que realizar las labores domésticas de su casa.
Es el mismo caso de Rosalinda, quien a sus escasos 9 años hace sus tareas ni bien sale del colegio para después ir a pastar vacas en las inmediaciones de la comunidad. O el de Miluska Gonzalo, de 8 años, que tiene que hacer el mismo trabajo y ayudar a sus papás en el acarreo de leña para la casa. En las tardes, casi todos los niños están en el campo haciendo alguna labor. "Antes aquí había mucho ausentismo escolar y muchos niños repetían el año porque los padres le daban mucha importancia al trabajo. Hoy eso está cambiando, pero los chicos aún no pueden dejar de ayudar en su chacra o su casa porque son familias muy pobres", explica Amparo Quino, monitora del proyecto de ayuda educativa que desde hace tres años funciona en la comunidad.
Como parte del esfuerzo para que los niños vayan a la escuela y no se queden trabajando en el campo, Fundación Telefónica ayuda a 23 colegios de la zona con fondos para que les den desayuno y almuerzo a los estudiantes, además de útiles escolares. La parte educativa está a cargo de Fe y Alegría, que se encarga de capacitar a los profesores y de preparar los materiales educativos para ellos.
El programa también busca cambiar la mentalidad de los pobladores del lugar y concientizarlos de que la educación es importante para sus hijos. "Hasta hace 10 años, los padres solo enviaban a los niños al colegio, pero las niñas no iban porque debían cocinar y hacer las labores de la casa. Eso ha cambiado en parte. De la misma manera, hasta hace unos cinco años las mujeres solo hacían primaria, pero hoy ya estudian la secundaria", explica Amparo.  
El cambio de los padres se está dando poco a poco. Eleuterio Hualla, el papá de Melitón, Adela y Cristina, nos dice por ejemplo que está contento de enviar a sus hijos al colegio porque "no hay vida para el que no tiene estudios". También dice que ayudará a sus hijas a estudiar hasta secundaria porque ahora entiende que hombres y mujeres tienen los mismos derechos.
El programa de la Fundación Telefónica para la erradicación del trabajo infantil funciona desde hace 12 años y este año apoyará la educación de 5.241 niños y adolescentes de 49 colegios del Cusco.
En todo el país apoya a 45 mil niñas y niños de 19 regiones. Además de ofrecerles la posibilidad de acceder a una educación de calidad, tratan de cambiar los factores que los obligan a trabajar. "Busca fortalecer a la escuela como espacio de protección, afecto y aprendizaje frente a las situaciones de riesgo que genera el trabajo infantil", dicen en uno de sus documentos.  
Un problema que se repite siempre en los niños que trabajan es que empiezan a estudiar ya grandes. "En algunos casos los padres tienen miedo de enviarlos muy chicos porque viven lejos del colegio y algo les podría pasar en el camino", explica Giselle Silva. En la escuela primaria de Andamayo –y en muchas del interior del país– los niños empiezan a leer y escribir en segundo o tercer grado, es decir, con un año o dos de retraso. Es usual que los jóvenes terminen la secundaria con 18 o 19 años.
Samuel, el chico con quien empieza esta nota, acabará secundaria a los 19 años si no repite. Antes de despedirse nos hizo un pedido: "A veces con mis hermanos Primo y Alipio hemos tocado en algunos eventos con el nombre de Los Hermanos Taricaya. Pon que nos gustaría grabar un disco". Aquí está su pedido.