El último adiós a flor

María Ribas 

16.08.2013 | 06:00



El pasado 18 de julio falleció en Chincha (Perú) Flor Lingan Marrero después de una grave enfermedad que la dejó casi un año totalmente dependiente. Murió en su casa, rodeada del cariño de sus cuatro hijos, María de los Ángeles, María Belén, Carlitos y Toño, por los que tanto luchó y por quienes, presuntamente, cometió errores que no soy yo quien para juzgar.
Si bien mi relación con Flor comenzó de manera un tanto atípica, como casi todas las personas que la tratamos llegué a apreciar a esa mujer, a la que, sin minimizar los actos presuntamente cometidos, calificaría como una buena persona. Así también lo debieron de considerar tantas y tantas personas que se implicaron para ayudarla durante su enfermedad y con su situación familiar.
Durante más de dos años, en nuestras charlas semanales, con su conversación amena y pausada (qué difícil asimilar después la pérdida de su habla así como su total movilidad), conocimos la situación personal que sufría en la distancia por toda su familia. Nunca le escuché una queja ni excusa para ella. Su gran preocupación era su hijo Carlitos, deficiente profundo y dependiente, que se veía obligado a estar solo tantas horas al día; sus hijas, que para continuar sus estudios en horario nocturno trabajaban duramente una larga jornada y reducían su alimentación a solo una comida diaria; su hijo Toño, adolescente con los problemas de esta edad, y su marido, Juan Pérez, que además de atender a su familia trabajaba de lunes a domingo una dura jornada por un sueldo mísero, hasta que se le diagnosticó la grave enfermedad que en pocas semanas le llevó a la tumba, quedando así sus hijos totalmente desamparados. Y por si no fuera bastante, Flor empezó con sus problemas de salud.
A veces, quien menos esperas te ayuda a valorar todo lo que tienes y aprendemos a no juzgar alegremente a las personas, sin dejar de ser conscientes de que los errores hay que pagarlos y cada uno ha de ser responsable de sus actos. Esto Flor también lo sabía.
María de los Ángeles, en su último mail, me pedía: «Hazle llegar mis saludos a todas aquellas personas que siempre estuvieron apoyándola, desde cuando estuvo en prisión hasta cuando iban a visitarla al hospital».
Quisiera también, en su nombre y en el mío propio, agradecer a todos los que en Ibiza ayudaron a paliar el dolor de su situación personal, así como de su enfermedad, e hicieron posible el traslado a su país (noticia de la cual dio cumplida información en su día este periódico) para poder pasar el tiempo que le quedaba de vida con los suyos.
Gracias a quienes la visitaron todos los días en la clínica donde fue operada de urgencia, durante su estancia en cuidados intensivos, aun sabiendo que no podía escucharnos, aunque solo fuera para estrecharle la mano y decirle palabras de aliento; a todos los que periódicamente la visitaron en la residencia de Cas Serres, alentándola para que no desfalleciera. Destacaría especialmente a la voluntaria que la visitaba a menudo con su niña, que abrazaba a Flor como si se tratara de su abuela.
Gracias a todo el personal de la Clínica del Rosario, donde fue operada, y también al personal de Can Misses, donde se le trasladó posteriormente, por todos los cuidados y atenciones que le proporcionaron, especialmente al doctor Parajuá por su profesionalidad y sobre todo por la humanidad con que trató su caso.
Gracias a todo el personal de la residencia de Cas Serres (celadores, auxiliares, enfermeras, fisios, etc.) y a la trabajadora social Marilú, que tantos esfuerzos hizo para organizar el viaje de regreso a Perú.
Gracias a todas las entidades y Asociación Perú , así como particulares, personas anónimas que pusieron los medios humanos y materiales para el desplazamiento.
No me olvido de Pili, la valiente enfermera que, a pesar de las dificultades del viaje debido al precario estado de salud de Flor, no dudó en acompañarla hasta su casa en Chincha y comprobar que quedaba adecuadamente instalada, dentro de sus humildes posibilidades.
Gracias a todos los que con sus donativos u organizando eventos recaudaron dinero para remitirle periódicamente, ayudando en los gastos de medicamentos, pañales, cuidadora, etc., y finalmente para los gastos de sepelio. Con estas ayudas se consiguió que Flor viviera los últimos meses dignamente, rodeada del cariño y cuidado de sus hijos, y que dentro de lo posible fuera feliz. Lo pude constatar personalmente, y me lo dijeron su sonrisa y su mirada cuando la visité en enero.
Gracias a todos.
Descansa en paz, Flor.