El Perú es grande por su extensión, historia y cultura.



Gonzalo Zegarra

Se acaba de inaugurar el nuevo gobierno con gran expectativa y enormes retos: el Perú ha crecido ya casi todo lo que podía con un Estado tan disfuncional. Mientras reinen la informalidad (¡70% de la PEA!) y la inseguridad, cualesquiera emprendimientos empresariales y sociales serán difíciles de escalar, no se generarán eficiencias y la productividad no mejorará. 
Pero las reformas que posibilitarían cambiar lo anterior exigen acuerdos políticos, y estos requieren una visión compartida entre los peruanos que hoy parece harto improbable, en parte –pero no únicamente– por la división Ejecutivo-Congreso que ha resultado de la última elección. ¿Por qué nos resulta tan difícil unirnos para construir el largo plazo?
El Perú es grande por su extensión, historia y cultura. Pero todas ellas, sumadas a su difícil geografía, lo hacen diverso y complejo. Los países así son como las personas bendecidas con la genialidad: usualmente conflictuadas, suelen hundirse y perderse en sus contradicciones. Pero cuando florecen son inigualablemente exitosas. 
Un país grande se tiene que forjar a partir de dos pilares aparentemente contradictorios: la igualdad y la diferencia. Un país chico y homogéneo se puede manejar con uniformidad para alcanzar eficiencia, pero difícilmente será grandioso. Uno grande tiene que conjugar la igualdad –lo que tenemos en común en sentimiento y aspiración– con las diferencias que surgen de una compleja diversidad. La política, desde su origen, existe para evitar que la diferencia desemboque en violencia, y se logre más bien que los distintos colaboren entre sí. 
Según el profesor israelí Yuval Noah Harari, el éxito del ser humano como especie se debe a la conjunción única de dos capacidades: la vocación colaborativa a gran escala y la flexibilidad de esa colaboración (hormigas y abejas colaboran sin salir de su libreto biológico). Los peruanos somos flexiblemente colaborativos a pequeña y tal vez a mediana escala: a nivel familiar y comunal. Pero no (todavía lo suficiente) en el ámbito nacional.
Ahora imaginemos lo que lograríamos si lo fuéramos. Un estudio del Instituto Integración encontró que la ética del trabajo de los peruanos es fortísima y, sin embargo, ello no se traduce en productividad. Y no solo por deficiencias educativas; también por la energía desperdiciada en envidias, conflictividad etc. La colaboración a nivel país redundaría en economías de escala y de alcance que, sumadas a nuestra proverbial ética laboral, podrían llevarnos a dar el gran salto.
Esa gran colaboración requiere que lo que nos une sea más fuerte que lo que nos separa. El ‘boom’ gastronómico nos ha permitido ver que el Perú puede ser un líder a nivel mundial y ha afianzado así nuestro orgullo, autoestima e identidad. Pero no basta con un buen cebiche para aplacar lo que el sociólogo Gonzalo Portocarrero ha llamado “la urgencia por decir nosotros”. Nos toca fortalecer muchos más valores y vínculos que nos cohesionen. 
Para el botánico David Bellamy, si hubiera que salvar un solo país del mundo para preservar la biodiversidad del planeta, ese sería el Perú. Pues bien, la misma exuberancia existe en el plano cultural, que es creación humana. No en vano se considera a nuestro territorio como una de las cunas de la civilización. Y además en él confluyeron después “todas las sangres”. En el Perú de hoy coexisten, pues, (casi) todos los climas, (casi) todas las especies y (casi) todas las culturas que se necesitan para refundar el mundo. Ese es nuestro mayor activo y potencial. 
La historiadora económica Deirdre McClosky sostiene que el “gran enriquecimiento” de las sociedades desarrolladas se produjo no por la acumulación de capital, sino de conocimiento generado por la masiva creatividad de la gente común gracias a los valores liberal-democráticos. Una mayor diversidad cultural produce más conocimiento y creatividad, y a la larga más riqueza.  
Pero la diversidad genera también discrepancias y por eso tenemos que gestionar un disenso encaminado a la convivencia. No podemos seguir intentando anular o deslegitimar a quienes piensan distinto. No puede haber debate constructivo mientras se descarte cualquier propuesta de la izquierda equiparándola con el terrorismo; ni mientras se pretenda impedir a priori que el fujimorismo alcance a ser gobierno algún día (tal vez cuando resulte convincente su respeto por la verdad y la legalidad, que es lo que, en mi opinión, le costó la última elección). Tampoco mientras se relativice como un mero “daño colateral” que no merece ser subsanado el sacrificio de inocentes a manos de ambos bandos durante la lucha antiterrorista. Y tampoco mientras la política oficial no provea los mecanismos de representación efectiva para evitar la conflictividad violenta en el campo y en las calles. 
Es hora de sacar lo mejor de nosotros. Recordemos que, a pesar de todo, el personaje más admirado por los peruanos es Miguel Grau, la personificación de los más excelsos valores cívicos, personales y humanitarios.
Gatillar este cambio precisamente ahora, cuando se acerca el bicentenario de nuestra independencia, es importante porque así coincidirá con el bono demográfico, que es la estructura poblacional que permite a un país generar más riqueza al presentar mayor porcentaje de gente productiva (este acabará hacia el 2047). Ojalá que cuando mis hijos sean adultos lo peruano sea nuevamente sinónimo de grandeza, no solo por el bienestar material sino también por el desarrollo cultural y social. Después de todo, no solo se trata de ser un país más rico, sino también un mejor lugar para vivir.